miércoles, 8 de abril de 2020

Apagón

Pese a llevar la mascarilla 
y estar envuelta en plástico 
no podía ocultar su belleza 
y su mal humor por la incidencia. 
(Dos horas antes, yo había llamado 
a la compañía eléctrica.) 
  
Mientras encendía una linterna 
me pregunta: 
- ¿A qué te dedicas? 
- Soy poeta – Mi respuesta 
(Cara rara) - ¿Y de electricidad nada? 
- Bueno, construyo metáforas con los diferenciales 
y hago rimar los trifásicos con los monofásicos. 
  
Se le empañó la pantalla y sus pestañas se afilaron 
en una mirada virulenta, digna de una pandemia. 
  
- Eso, aguántate la risa, no vayas a contagiarme. 
  
Y la luz volvió al instante. 







martes, 17 de marzo de 2020



"Conozco un lugar agradable en el desierto,
podríamos escapar allí un par de días..."









jueves, 23 de enero de 2020

No hay nada que celebrar

Cielos que fingen estrellas, 
sueños que suenan a un chaparrón. 
Besos que saben a arena, 
palabras que mueren en un ascensor. 
Y la inercia que se instala 
y no pregunta si puede, 
como un gato en tu guarida 
que te conquista por siempre 
y te roba el corazón. 
Una indolencia que duele 
como una llamada 
que dejas que suene 
sin una razón. 
Cartas antiguas que tienen 
mucha más vida 
que toda la red de contactos de hoy. 
Frases sin alma
que siempre repiten que hay solución. 
Cada día es diferente, 
eso dicen, cada día, sale el sol. 
Esperanza cada ocho horas, 
cada 24, decepción. 
  
¿Que la vida iba en serio? 
¡No me jodas! 
Que la vida era una broma 
de mal gusto, ya lo entiendo. 
  
Pide otra y vámonos. 

Ya me conozco la historia.







miércoles, 13 de noviembre de 2019

Malos recuerdos

Llevo colgados de mi corazón 
los ojos de una perra y, más abajo, 
una carta de madre campesina. 

Cuando yo tenía doce años, 
algunos días, al anochecer, 
llevábamos al sótano a una perra 
sucia y pequeña. 

Con un cable le dábamos y luego 
con las astillas y los hierros. (Era 
así. Era así.
 Ella gemía,
 se arrastraba pidiendo, se orinaba, 
y nosotros la colgábamos para pegar mejor). 

Aquella perra iba con nosotros 
a las praderas y los cuestos. Era
 veloz y nos amaba. 

Cuando yo tenía quince años, 
un día, no sé cómo, llegó a mí 
un sobre con la carta del soldado. 

Le escribía su madre. No recuerdo: 
«¿Cuándo vienes? Tu hermana no me habla. 
No te puedo mandar ningún dinero…». 

Y, en el sobre, doblados, cinco sellos 
y papel de fumar para su hijo. 
«Tu madre que te quiere». 
No recuerdo 
el nombre de la madre del soldado. 

Aquella carta no llegó a su destino: 
yo robé al soldado su papel de fumar 
y rompí las palabras que decían 
el nombre de su madre. 

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo, 
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra 
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar 
la carta del soldado. 


Antonio Gamoneda