lunes, 11 de enero de 2010

Dimisión

Dimito
de mi vida
de su cargo
y de su lado
menos malo.
Disiento de mí mismo
y lo siento
y me marcho
sin tenerlo nada claro
deseando
conseguir una demora
por las próximas
dos horas.
Aterrado.

Dimito
merendándome
las migas
moradoras
de la suerte
esperando
que la vida
pueda alzarse
ante la muerte
en las próximas
dos horas.
Condenado.

Dimito
de mi vida
de su total fracaso
y de las veces
que a veces
fueran menos fiasco.
Del amarillo
y del seis
de la esencia
de las cosas
del uno, de junio
y de las próximas
dos horas.
Sentenciado.

Dimito
del delito
de no quererme vivo.
Pongo mi cargo
a disposición
de una bala
y que esta atraviese
todas las migrañas
que me esparcen
el terror
en este trance
y no me dejan firmar
la baja voluntaria
salpicada en un papel.
Irrevocable.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El mismo silencio


Los cuatrocientos golpes

El humo caracoleaba entre sus rizos
yo forcé al destino sin dejar que decidiera
respiré el vapor de la resina pegajosa
y el fuerte olor cuando quemaba
quedó impregnado en la espesa selva negra de su pelo.
De sus deudas salían otras deudas
y de todas ellas yo.
Vi el infinito en su frente
y en su frente firmé la tempestad.

El mismo silencio.
El mismo lugar.


Comencé a lanzar dinero
al cubo de la basura,
ella metía las manos hasta el fondo
-Podrás mancharte siempre, dije
-¿Podrás llenarlo siempre? respondió
-Puedo decirlo pero no hacerlo
-Entonces ¿quién engaña a quién?
-¿Quién no se dejará engañar?
-¿Y quién está detrás de la puerta?
Y se hacía la tarde
y se hundía el sol.

El mismo silencio.
El mismo terror.


Mis noches se metieron en su cama
y su cama en el sofá
de nuestras largas despedidas sin hablar.
La vi buscando algún lugar donde apagar
el último suspiro de un canuto
que cruje como una cucaracha que la aplastan.
Le acerqué el cenicero de barra:
- ¿y ahora dónde lo enchufo?
¿dónde lo podré conectar?
- Déjalo con las pilas.
Y me echó el humo en las rodillas.

El mismo silencio.
El mismo lugar.



Noches eléctricas

Las noches eran eléctricas y sedientas
la sangre recorría las sábanas
y el flujo salpicaba las paredes.
Yo me bebía el agua de las clepsidras
para que no amaneciera nunca.
Ella se lo tragaba todo.
Los 400 golpeaban fuerte a Truffaut
y las lágrimas follaban con el sudor.
Y tras el último grito:

El mismo silencio.
El mismo terror.



Alicia en el País de la Miseria

La melodía del cantautor
se propaga a través de un sueño.
Es de noche,
atravieso paradas de metro cerradas,
subo por la Escalera de Jacob.
Camino por calles desconocidas
en busca de la que me ha de llevar
a casa de mi amante.
Sisifonia, Pinkola, Alicia
en el País de la Miseria o Arena Desierta,
al fin y al cabo
Mujeres que corren con los lobos
intentando escapar de un bucle infinito
frente a
Cuatro hombres y medio y un destino:
El calor del terror en un sofá

Otra vez,

el mismo silencio.
El mismo lugar.



La Bata

Apareció envuelta en una Enorme Bata Gris,
casi pregunté “¿Quién manda?”
Su pelo descubría un único ojo
clavado en Do mayor.
Mitad bruja, mitad esclava.
Los 400 golpeaban fuerte al honor
pero para entonces el honor
ya no valía nada
y casi preguntó:
“¿Quién eres?”
Así que cerré la boca para no contestar
lo que no fuera cierto.
Ella movió la cabeza
y se despenetró por detrás.

El mismo silencio.
El mismo lugar.


Alcancé mi ropa
y el umbral del terror
del absoluto silencio
y de la inmensa escoria.

Y ella dijo:
“Salir de aquí no es escapar.
Así que dime, ¿quién engaña a quién?
¿Y quién está detrás de la puerta?”


A lo que yo respondí...

N A D A

martes, 24 de marzo de 2009

Rácano, Diáfano y Garrafal

El viento nunca soplaba cerca de Rácano,
era esa clase de tipo
que jamás rellenaría una cubitera
después de ponerse un whisky con hielo.
No le gustaban los niños,
ni los perros, ni los gatos.
Y odiaba a las mujeres,
sobre todo odiaba su forma de gritar.
Todos los días escribía en una columna
de mármol
direcciones de domicilios.
Le gustaba pasearse por los grandes almacenes
y frotarse con disimulo cerca de las dependientas.
A algunas las seguía hasta su casa
y después tomaba nota.
Por las noches se convertía en una rata
y podía ver cosas que la mayoría
ni tan siquiera sabe que existen.
En su restaurante favorito
pedía patata hervida
y si algún niño lloraba cerca
le soltaba un sopapo lleno de ira
y dejaba de llorar.
“Demasiadas soluciones
para tan pocos problemas”
solía repetir con gesto duro
después de cualquier tertulia gris
en la barra de un bar.



Diáfano fue sentenciado
a servir en una mansión,
le gustaba quebrantar las leyes
sólo por el hecho de quedar desnudo ante todos.
En realidad no era mala persona
pero cometió tantos asesinatos
que lo acusaron de mayordomo.
En sus temporadas de calma
escribía un diario que se llamaba
“Las épocas opacas”.
No sabía vivir sin declararse vivo.
Un día se le ocurrió hervir el tiempo
y apareció flotando
en el dormitorio de la hija del señor de la casa.
Las mismas cortinas rojas
que envolvían la cama de la joven
le sirven de atuendo
para caminar sin rostro
entre las montañas
de "la Sierra de los desaparecidos".



Garrafal tenía las uñas llenas de mierda,
se rascaba la espalda con tebeos enrollados
y nunca dejaba de respirar fuerte.
Se echaba largas siestas en los parques,
no era muy alto pero calzaba un 52
y caminaba agarrotado.
Tenía el pelo revuelto y la nariz torcida.
Guardaba fotos eróticas dentro de sus calzoncillos,
de vez en cuando las sacaba y tras un árbol
se sacudía las ganas.
Le habían echado de todos los burdeles,
no le dejaban pisar ni un hospital,
ni siquiera el cementerio
y en la cárcel sólo duró un día.
Tampoco le dejaban jugar con los perros,
ya que por su culpa cogían pulgas y garrapatas.
Un día de calor infernal
se remojó en el estanque
y todos los patos murieron.
Grotesco juró no conocerlo de nada.
Esperpento y Aberrante negaron ser sus hermanos.
Lo que nadie sabe es que en otra vida
Garrafal firmó un pacto con el diablo
y verterá toda su miseria entre los vivos.





- A lo lejos, Macabro los observaba, sabiendo que ninguno de ellos jamás llegaría a ser como él.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Gallipatos y pleonasmos

Todo comenzó cuando se acabó el rollo
y hubo que cambiar el papel de Baño.

Enormes lagartos salieron del váter
y a sus anchas poblaban los pasillos de la casa.


Lo juro y es verdad
que no es mentira:
soy sincero
al decir lo cierto.


Y entre gallipatos y pleonasmos
se hizo una luz y al rato
Baño se fue al cuarto de Al lado
y Al lado se fue al cuarto de Baño.


Pensé en salir afuera
pero la radio radiaba y radiaba:
“la plaga es definitiva,
la plaga ha llegado hasta los hospitales...”


Podía observar desde la ventana
a un hombre luciendo
una gran chupa de cocodrilo,
llamando por un móvil
y entonces mi teléfono sonó:
“ TENEMOS QUE HACER ALGO”
a lo que respondí:
"NO PIENSO HACER ESO"
y colgué.


Y entre riñas y reyertas
amaneció el día:

¿Por qué Al lado nunca tira de la cadena?
Porque Baño siempre deja las lentillas en la mesa.

¿Por qué Baño nunca hace la cama?
Porque Al lado nunca cambia las toallas.



Escuché golpes huecos
de tuberías
y escamas crujiendo
y arrastrándose hacia afuera,
me apresuré a cerrar la tapa
y sentado en el retrete observé
a Al lado afeitarse,
transmitía cercanía.

Y entre gallipatos y pleonasmos
se hizo una luz y al rato
Baño se fue a su cuarto
y Al lado volvió a estar cerca.

Cambié las toallas,
recogí las lentillas,
hice la cama,
tiré de la cadena y suspiré por un momento.
Pensé en salir afuera
pero la plaga era definitiva
la plaga había llegado hasta los hospitales.

Las doce

Disfrazando sombras,
atrapando voluntades
en las causas perdidas.
Socorriendo al fenómeno
PARÁLISIS
Forcejeando con el temblor,
discrepando con la ropa
que colgada del armario
toma formas fantasmales.
Rostros burlones planean
a mi alrededor,
me santiguo en el centro
de la noche,
ahora soy un niño,
intentaré recordarlo todo,
todo lo que me va a suceder
a partir de ahora.

domingo, 20 de abril de 2008

Confesiones en el matadero

Ella fumaba sentada en una bombona de butano,
yo empezaba a sentirme rechazado,
de fondo, se oían los chillidos de los cerdos al morir,
la sangre nos llegaba en forma de vapor a la garganta.
- Entonces, ¿te soy indiferente? - suspiré
Y comenzó a reír estridente,
sus carcajadas se mezclaban con los gritos de los animales
y mi mirada se perdió en la hoja de un cuchillo.
- Podría ejercer de buena pero no me gustan las concesiones,
y además no es mi estilo - y volvió a reír
- Y después de esto, ¿va a cambiar algo? - pregunté,
soñando esta vez una respuesta agradable.
A lo que dijo - El sí ya lo tengo,
a partir de ahora acarrea tú con las consecuencias,
amor mío, no ha sido una de tus mejores tardes.
Y ese "amor mío" se me inyectó como veneno
y en mis venas burbujeó mi último grito de supervivencia:
- Tranquila, quien ríe último, ríe mejor.
- Sí, pero quien ríe primero, ríe seguro.
Y otra vez no pudo contener la risa.
Los gritos cesaron. Ya todos habían muerto.

domingo, 9 de marzo de 2008

La niña bonita

la cara que se te pone cuando te digo que no
una sarta de verdades
que no puedes digerir
sinestesias de segundo grado
y ratas de dos cabezas
comiéndose el cielo

la cara que se te pone cuando te digo que no
ese último cromo del albúm
que el viento te pellizca
que vuela por los aires
se pega en una nube
y llueve pegamento

la cara que se te pone cuando te digo que no
merendarse el orgullo
con una copa de vino
esperando a las noticias
anunciarse en las revistas
y abortar el corazón

la cara que se te pone cuando te digo que no
sonsacar de lo nulo
la enésima negación
en la autopsia de la nada
sentada frente al vacío
rodeada de nuncas