martes, 26 de octubre de 2010

Game Off

Se propuso darle muerte esa misma noche
resuelto ya el misterio
pero con un montón de dudas
buscó unas monedas en el bolsillo derecho
se contuvo a la primera
pero la segunda
no fue la definitiva.

Alguien reía detrás:
“Habrá más oportunidades”

El estruendo de la tragaperras
concediendo el gran premio
le sobresaltó
cayéndosele las monedas
al suelo.

Intentaba burlar al destino
mientras el destino se burlaba de él.

No estaba en su papel.
Nunca lo estuvo del todo.

Una vez más
no hubo rival a su cobardía.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cansancio

Y de los replanteos
y recontradicciones
y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado
y de los repropósitos
y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables
y del revés y del derecho
y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios
y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos
recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos
repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje
y treta terca en tetas
y recomienzo erecto
y reconcubitedio
y reconcubicórneo sin remedio
y tara vana en ansia de alta resonancia
y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario
y poro loco
y parco espasmo enano
y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico
cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos
de tanto error errante
y queja quena
y desatino tísico
y ufano urbano bípedo hidefalo
escombro caminante
por vicio y sino y tipo y líbido y oficio
recansadísimo
de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea
y de la revirgísima inocencia
y de los instintitos perversitos
y de las ideítas reputitas
y de las ideonas reputonas
y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias
desde qué mares padres
y lunares mareas de resonancias huecas
y madres playas cálidas de hastío de alas calmas
sempiternísimamente archicansado
en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio
remeditativo o remetafísico y reartístico típico
y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua
y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas
y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras
simplemente cansado del cansancio
del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento
y al silencio



Oliverio Girondo

viernes, 20 de agosto de 2010

La línea

Si merece la pena
es que la verdad
no es otra
que el dolor.

Y volvimos a encontrarnos
en el mismo sitio
en el que una vez
nos despedimos.

Y trazando la circunferencia
se perdió una recta por el limbo
y tomando algún desvío inoportuno
nos perdimos otra vez sin acabar
de dibujarnos.

Y ninguna persona vivirá para contarlo.
Y nadie podrá decir jamás que lo supo.

Y dando vueltas y vueltas
me encontré a mí mismo
en el mismo lugar
en el que me dejé.

Y volví a desearte
con la misma fuerza
que una vez
quise olvidarte.

Y retando a la aritmética
se descolgó una tangente del tiempo
donde todo tiende a infinito
hasta el origen de la línea.
Y me perdí para encontrarte
para acabar difuminado.

Y ninguna persona vivirá para contarlo.
Y nadie podrá decir jamás que lo supo.

Si merece la pena
es que la verdad
no es otra
que el dolor
cuando te siento.

viernes, 23 de julio de 2010

Presente

Como un asesino en serie
maté los minutos
y las horas.
Brindé con los gatos
por las calles
y condecoré al momento
como el más válido
de los instantes.
Jugué a tropezar
pero no caí nunca.
Conocí a la muerte ebrio
y la invité a un trago,
pasé por demonios dulces
crucé el atlántico
de los ojos de varias mujeres
recibí cartas
me corté al sacarlas,
las manché de sangre,
las lancé a la cara de alguien.
Consumí tres generaciones
de almohadas
en pocas noches
y demasiadas siestas.
Reinventé el hastío,
convertí pecados
en elegantes veranos
leyendo en la cama.
Disfracé fracasos
con poses de plástico.
Me creí muy oscuro
y atormentado
pero no llegué a más
que un gris apático.
Tembló el futuro.
Negué los hechos.
Mentí hasta a los muertos.
Demasiado tarde
para llorar.
A la vuelta de la vida
el tiempo no me esperó
más que un segundo.


El que me quedó
para echar un trago.
El que me debía la muerte.
Con el que brindé por mi vida
aunque fuera ignorada
en “el momento.”
El último.






Barreré toda la ciudad
hasta las esquinas más olvidadas
con la alargada sombra
de mi recuerdo.

martes, 19 de enero de 2010

El picudo rojo

Al borde de nada,
a punto de todo
el picudo rojo
muerde el verde..
Son los días de las canículas,
ha llegado
el tiempo de perros,
el ciervo enfermo
y las ganas rojas.
Ya es tarde para todo
y todo es por la tarde
demasiado pronto.
Se frota, nos mancha,
se nutre, se engarza.
Palmeras crujidas
que al cielo se alzan
como estrellas
crucificadas
en brotes de lava.
Y el viento
rompe en ladridos.
Y el calor nos tapa.
La carne es urdimbre
de pieles rajadas,
muerde el grito
y pica el grumo.
Los dátiles sangran.
Muerde el picudo,
muerde
hasta dejar el hueso limpio
y la espina blanca
y un río se deja oír
burbujeante
mientras el ciervo cae
junto a la noche
caliente.

lunes, 11 de enero de 2010

Dimisión

Dimito
de mi vida
de su cargo
y de su lado
menos malo.
Disiento de mí mismo
y lo siento
y me marcho
sin tenerlo nada claro
deseando
conseguir una demora
por las próximas
dos horas.
Aterrado.

Dimito
merendándome
las migas
moradoras
de la suerte
esperando
que la vida
pueda alzarse
ante la muerte
en las próximas
dos horas.
Condenado.

Dimito
de mi vida
de su total fracaso
y de las veces
que a veces
fueran menos fiasco.
Del amarillo
y del seis
de la esencia
de las cosas
del uno, de junio
y de las próximas
dos horas.
Sentenciado.

Dimito
del delito
de no quererme vivo.
Pongo mi cargo
a disposición
de una bala
y que esta atraviese
todas las migrañas
que me esparcen
el terror
en este trance
y no me dejan firmar
la baja voluntaria
salpicada en un papel.
Irrevocable.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El mismo silencio


Los cuatrocientos golpes

El humo caracoleaba entre sus rizos
yo forcé al destino sin dejar que decidiera
respiré el vapor de la resina pegajosa
y el fuerte olor cuando quemaba
quedó impregnado en la espesa selva negra de su pelo.
De sus deudas salían otras deudas
y de todas ellas yo.
Vi el infinito en su frente
y en su frente firmé la tempestad.

El mismo silencio.
El mismo lugar.


Comencé a lanzar dinero
al cubo de la basura,
ella metía las manos hasta el fondo
-Podrás mancharte siempre, dije
-¿Podrás llenarlo siempre? respondió
-Puedo decirlo pero no hacerlo
-Entonces ¿quién engaña a quién?
-¿Quién no se dejará engañar?
-¿Y quién está detrás de la puerta?
Y se hacía la tarde
y se hundía el sol.

El mismo silencio.
El mismo terror.


Mis noches se metieron en su cama
y su cama en el sofá
de nuestras largas despedidas sin hablar.
La vi buscando algún lugar donde apagar
el último suspiro de un canuto
que cruje como una cucaracha que la aplastan.
Le acerqué el cenicero de barra:
- ¿y ahora dónde lo enchufo?
¿dónde lo podré conectar?
- Déjalo con las pilas.
Y me echó el humo en las rodillas.

El mismo silencio.
El mismo lugar.



Noches eléctricas

Las noches eran eléctricas y sedientas
la sangre recorría las sábanas
y el flujo salpicaba las paredes.
Yo me bebía el agua de las clepsidras
para que no amaneciera nunca.
Ella se lo tragaba todo.
Los 400 golpeaban fuerte a Truffaut
y las lágrimas follaban con el sudor.
Y tras el último grito:

El mismo silencio.
El mismo terror.



Alicia en el País de la Miseria

La melodía del cantautor
se propaga a través de un sueño.
Es de noche,
atravieso paradas de metro cerradas,
subo por la Escalera de Jacob.
Camino por calles desconocidas
en busca de la que me ha de llevar
a casa de mi amante.
Sisifonia, Pinkola, Alicia
en el País de la Miseria o Arena Desierta,
al fin y al cabo
Mujeres que corren con los lobos
intentando escapar de un bucle infinito
frente a
Cuatro hombres y medio y un destino:
El calor del terror en un sofá

Otra vez,

el mismo silencio.
El mismo lugar.



La Bata

Apareció envuelta en una Enorme Bata Gris,
casi pregunté “¿Quién manda?”
Su pelo descubría un único ojo
clavado en Do mayor.
Mitad bruja, mitad esclava.
Los 400 golpeaban fuerte al honor
pero para entonces el honor
ya no valía nada
y casi preguntó:
“¿Quién eres?”
Así que cerré la boca para no contestar
lo que no fuera cierto.
Ella movió la cabeza
y se despenetró por detrás.

El mismo silencio.
El mismo lugar.


Alcancé mi ropa
y el umbral del terror
del absoluto silencio
y de la inmensa escoria.

Y ella dijo:
“Salir de aquí no es escapar.
Así que dime, ¿quién engaña a quién?
¿Y quién está detrás de la puerta?”


A lo que yo respondí...

N A D A